Por seis semanas tuve el privilegio de ser voluntaria de una Fundación en Patagonia. La misma hace muchos trabajos, pero el proyecto primario es el de la Escuela Agrotécnica de San Ignacio. La escuela es un secundario que ofrece educación a alumnos de campo que tienen pocas opciones o ninguna de asistir al secundario. La escuela tiene albergues donde viven los chicos y las chicas mientras toman clases tradicionales y clases de agricultura.
Yo viví con las chicas en el albergue, compartía una habitación con tres alumnas. Cada día comía con los alumnos y participaba en diferentes actividades. Algunos de mis actividades incluyeron: cocinar para el almuerzo, pintar las paredes de las aulas viejas, asistir a la profesora en la clase de inglés, jugar deportes durante las clases de educación física, sacar malezas con los alumnos en la clase de la huerta, catalogando libros en la biblioteca, y una vez, ¡observé una demostración de esquilamiento de ovejas! Durante los recreos entre las clases,pasaba mucho tiempo con los alumnos afuera de las aulas o con los profesores que estaban en la sala de profesores. Todos eran muy amables y abiertos a compartir su tiempo, sus ideas, sus historias y su mate conmigo. También, algunos días fui a las comunidades Mapuche con las maestras de educación para adultos, que es uno de los otros proyectos de la Fundación.
Gané mucha experiencia con la Fundación, más de lo que me imaginé antes de venir acá. Todos los días me trataban con mucho respeto, cariño y generosidad. Los profesores, la administración, los alumnos y las familias de esta gente tuvieron mucho interés en conocerme y además, me invitaron a ser una parte de sus vidas.
Cuando llegué a Junín de los Andes, la Fundación estaba enfrentándose a una crisis: un incendio terrible que destruyó la escuela y el albergue de los chicos. A causa de esta situación, pensé que estaba viendo el corazón verdadero de la misión. Notaba un montón de esfuerzo, dedicación, pasión, y actitudes positivas a pesar de que el olor del humo permanecía y también los restos quemados de la escuela eran recuerdos cotidianos. Me pareció extraordinario como los profesores siguieron dando clases en condiciones diferentes (pero adecuadas)para asegurar que los alumnos siguieran aprendiendo. No había una escuela pero había educación. También, fue impresionante como los alumnos no se quejaron nada sobre los cambios a los que tuvieron que enfrentarse; por ejemplo, los chicos se estaban quedando con el ejército porque su albergue no existía.
Cuando aprendí más sobre como fue fundada la Fundación, me di cuenta que este lugar tiene un espíritu especial. La manera en que todos respondieron al incendio era un ejemplo de este espíritu. Es obvio que los empleados y voluntarios de la Fundación trabajan no solamente porque es su trabajo, trabajan porque creen en la misión y están dedicados a mejorar la educación de los alumnos cada año.
A nivel personal, las seis semanas aquí me generaron un gran impacto. Como la escuela, yo tengo 25 años y al ver el resultado de 25 años de trabajo que había empezado un grupo de jóvenes me da mucha inspiración para mi vida. Antes de venir a Argentina, dejé mi trabajo en publicidad para explorar otros mundos y descubrir un trabajo diferente donde pueda poner mi energía y sentirme más llena. Por algunos años, pensé en ser maestra pero después de estas seis semanas de estar observando y mirando como la Fundación funciona, decidí volver a mi país para obtener un certificado en educación.
Hubo muchos momentos durante mi experiencia aquí fue me ayudaron a tomar esta decisión. Por ejemplo, cuando fui a las clases de adultos en las comunidades y vi en los ojos de los alumnos tanta confianza y gratitud hacia las profesoras por su visita y las ideas nuevas que les llevaron. O tal vez fue un momento cuando observaba un profesor que hacía bromas con un grupo de alumnos durante un recreo mientras tomaban mate. Me gusta ver la relación entre los alumnos y los profesores en San Ignacio; son más que profesores, son como familia para los alumnos, como tíos, hermanos, padres y amigos también. Gracias a estas experiencias y muchas otras, estoy inspirada y segura de que quiero trabajar en educación.
Al mismo tiempo, estoy abrumada por las chicas en el albergue que ahora son mis amigas. Me hicieron sentir cómoda y bienvenida en su casa. Ellas exhibían gran madurez y me trataron como una compañera todo el tiempo. Las extrañaré mucho.
Será muy difícil alejarme de Junín de los Andes, pero me voy con una mochila llena de amistades nuevas, ideas nuevas sobre mi vida, y una esperanza nueva que si la gente trabaja junta con una misión importante y positiva, cosas increíbles pueden ocurrir.

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